Mis dedos temblaron al palpar la herida a través de la tela. El líquido caliente me manchó.
Por un segundo, no procesé lo que ocurría, hasta que el olor a óxido inundó mis fosas nasales.
Connor… estaba herido.
—¡Estás sangrando! —grité, mirándolo a los ojos, pero a él poco parecía importarle.
Debió ser cuando cayó ese maldito candelabro. Él me cubrió y terminó herido.
Él miró hacia abajo, como si notara la mancha por primera vez. Frunció el ceño, más molesto que alarmado.
—Es solo un rasgu