••Narra Connor••
Ella me había abrazado, voluntariamente. Pensé que nunca volvería a ocurrir, que siempre sería yo quien la obligaría a estar entre mis brazos, pero en verdad estaba ocurriendo.
Se sentía malditamente bien, como en el pasado.
Me sentía como un hombre débil por dejarme desarmar de tal manera por un abrazo, pero yo sabía que lo hacía por miedo, por intentar hacerme cambiar de opinión. Pero no podía.
Así que la rechacé.
Desprecié su cercanía, colocando en primer lugar su seguridad.
Pude ver en sus ojos marrones la decepción, el dolor. Sentí un pinchazo atravesando mi pecho, porque esa mirada llena de tristeza era la misma que me dedicó hace diez años, cuando creyó que arruiné su vida.
Tuve una gran necesidad de abrazarla, de intentar apaciguar la tristeza que yo me provocaba, pero solo la vi marcharse, con los hombros encogidos, derrotada.
Subió las escaleras, desapareciendo de mi campo de visión.
«Lo estaba haciendo por su bien» me repetí una y otra vez.