Me arrastró fuera de la cafetería, dejando atrás a Edmundo y todos los espectadores que se habían quedado sin palabras.
Me costó seguirle el ritmo, ya que un paso suyo eran dos míos. Al llegar a su vehículo, no me abrió la puerta del copiloto. Al contrario, me dio la vuelta, causando que mi espalda chocara contra el vidrio frío.
Se plantó frente a mí, su imponente altura alzándose como una estatua.
Estaba preparada para una discusión, para dar los argumentos de mi vida, pero sus manos me