Yo me había encargado de servirle comida a muchas personas, incluso a los Ronchester. Pero jamás tuve un ejército de platos para mí sola. No lograría ni comerme la mitad.
Se sentía tan bien al tener abundante alimentos, no pasar por escasez, pero al mismo tiempo, me causaba preocupación la cantidad de desperdicio.
Desperdicio… Solo con pensar en esa palabra, se me venía a la mente la infeliz de Maricela; la ex prometida.
Mi cuchillo atravesó con fiereza el corte de carne bien cocido mientras mi mente viajaba a las preocupaciones, las inseguridades.
—¿En qué piensas? —La voz llegó a mi lado y me sobresalté.
Mi corazón dio un vuelco y solté los cubiertos sobre el plato a medio comer.
A mí lado, de pie, con un traje de vestir gris y el cabello pelirrojo cayendo por su frente, se encontraba Connor, observándome como la presa que creía que era. Lo miré de reojo, recordando las palabras de Maricela.
—¿La comida no es de tu agrado? —Insistió ante mi silencio.
Carraspeé, volviéndome a