••Narra Connor••
Hacía días que había plantado esta semilla. Hoy, finalmente, iba a cosechar los frutos.
Archibald Cambridge me recibió en su estudio, un salón oscuro y recargado que olía a tabaco. Un hombre con tantos problemas cardíacos no debería fumar de esa manera, pero mejor para mí. Era un seguro para que ocurriera lo inevitable.
Estaba sentado detrás de su escritorio imponente, con el rostro pálido y la respiración entrecortada. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas, casi violáce