—¡Cecilia! ¿Qué haces con eso? —La señora Geraldine se levantó de golpe de su asiento, soltando sus agujas de tejer..
Me mantuve paralizada en mi asiento, sin poder mover la menor fibra de mi cuerpo. Cecilia no bromeaba. Jamás lo ha hecho. Su odio era demasiado fuerte para creerla capaz de hacer una atrocidad como esta.
El corazón me golpeaba con fuerza contra la caja torácica.
—¡Silencio, mamá! ¡Siéntate! —chilló, sus ojos agrandados, desenfocados. Las venas se le marcaban en la frente y