Jade caminó por inercia por las calles de California, deslizándose como un borrón. Tomó un taxi con el poco dinero que Robert le dio antes, y le dio la dirección de su padre. No tenía ningún lugar más a donde ir. La maleta en el asiento del pasajero era un peso pesado, físico y metafórico. La furia y el dolor de la confrontación con Robert aún ardían en ella, pero el agotamiento la carcomía. La imagen de su padre, Morgan, era el único faro en la tormenta, la única promesa de un puerto seguro.
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