El grito de Jade aún resonaba en sus propios oídos mientras corría sin rumbo por las calles mojadas de California. La imagen de Nick, su rostro desolado, la sangre en su pecho, se repetía sin cesar en su mente. Cada paso era una puñalada de culpa y horror. Había disparado. Había matado a Nick. El amor de su vida. Por su libertad, por la seguridad de su familia. Pero, ¿qué libertad era esa, si estaba manchada con la sangre de su alma?
No tenía dónde ir. La mansión era una prisión y el mundo exte