La mansión de Hywell no era solo un lugar de opulencia; era un laberinto de cristal y sombras; cada pasillo y cada habitación un recordatorio constante de la prisión de oro en la que vivían.
La tortura de Hywell no usaba cadenas físicas, sino hilos invisibles de manipulación y distancia, desgarrando a Jade y Nick con una precisión calculada e insoportablemente fatal.
Temprano esa mañana, mientras Clara, una de las doncellas de confianza, le ayudaba con su intrincado peinado, Jade no pudo evitar