El triunfo de Jade en la mesa de póker, aunque un respiro momentáneo para su espíritu, tuvo un efecto inesperado y perturbador. Hywell no era un hombre que pasara por alto ningún detalle, especialmente no un talento oculto en lo que consideraba su propiedad. La satisfacción en su rostro aquella noche se había transformado, en los días siguientes, en una observación más aguda, casi depredadora. Sus ojos seguían a Jade con una intensidad que la hacía sentir como si estuviera bajo un microscopio.