Los días siguientes a la reprimenda de Hywell se arrastraron con una lentitud sofocante. La mansión, antes solo una prisión física, se había convertido en una trampa invisible.
Jade sentía las miradas, reales o imaginarias, a cada paso. Las doncellas parecían más silenciosas, los guardias más atentos. Cada vez que intentaba salir de su habitación o ir al jardín, una figura aparecía discretamente, una sombra vigilante. La "consecuencia" de su insolencia era una asfixiante falta de privacidad, y