El grito desgarrador de Liam, "Que Dios te perdone, Jade, ¡porque yo jamás te perdonaré!", se clavó en el corazón de Jade como una estaca helada. Se quedó paralizada por un instante, el aire a su alrededor se solidificó con el peso de la sentencia.
La puerta del salón, recién cerrada por su padre, parecía amplificar el eco de sus palabras, dejándola en un abismo de remordimiento y desesperación, pero la inmovilidad duró un segundo. La urgencia de detenerlo, de explicar, de mitigar el dolor que