El eco de los golpes y las súplicas de Jade aún resonaba en el aire de la casa mientras Liam se alejaba cojeando por la calle, una figura rota y disminuida. Jade seguía aferrada a Hywell, sus lágrimas empapando la tela de su camisa.
El olor a sal y flores hawaianas se mezclaba con el aroma penetrante del miedo y el dolor reciente. Hywell la sostuvo con firmeza, su presencia sólida y protectora, mientras el sol de la tarde comenzaba a teñir el cielo de naranja y púrpura.
—Está bien, mi amor. Ya