La sorpresa de aquella confesión hizo que Avery contuviera hasta la respiración. No podía creer lo que le estaba diciendo, menos lo que le estaba proponiendo.
¿Acaso estaba soñando? Si era así, no quería despertar nunca.
Pero no estaba soñando, él estaba a pocos centímetros de ella, mirándola con fijeza y cierta impaciencia, robándole todo el aire y haciendo que su corazón latiera sin ritmo ni secuencia, esperando con ansiedad a que ella le respondiera un sí definitivo.
—No guardes silencio, áng