—Eres muy linda —susurró el hombre, llevando las manos por los senos y el abdomen de la jovencita tendida en la cama—. Pueden pagar mucho por ti.
Avery contuvo el llanto con los ojos bien apretados cuando sintió los dedos del hombre hurgar su sexo sin ápice de delicadeza y compasión.
Su corazón se rompía en mil pedazos y sentía que la piel le hormigueaba de asco y repulsión. Quería que, al abrir los ojos, no fuese más que una horrible pesadilla, pero la fuerza con la que el hombre hundía los de