47. Una dosis de realidad
Alessandro
Roxana no tardó ni diez minutos en bajar y azotó la puerta del auto sin mirarme.
—¡Arranca de una vez! —me gritó antes de golpearme con el bolso.
Pero me giré hacia ella.
—¡No hasta que me respondas! ¿Qué carajos pasa contigo? ¿Sufres de bipolaridad o algo así?
Sus ojos se endurecieron, y vi que iba a obtener mi merecido cuando entrecerró los ojos:
—Mi esposo es tu hermano, Alessandro —dijo con la voz enronquecida—. Y tengo un hijo que proteger. No voy a exponer su estabilidad por