Vanka volvió a ajustar la mira, milímetro a milímetro, deslizándola de un extremo al otro del edificio, escudriñando cada rincón visible, cada sombra, cada resplandor de luz que se reflejaba en los vidrios sucios.
Quiso poder ver a través de las paredes, o en su defecto, arrancarlas con la mirada, pero claro que no podía, al menos tenía los enormes ventanales, y por ellos se colaba como un fantasma, revisando sala tras sala, hasta que, de pronto, la vio.
Su niña.
Su Lucya.
El alivio le atravesó