Vladimir tragó saliva, porque él lo sentía también, ese amor feroz de ella por el niño, y en lugar de celos, en lugar de resentimiento, solo sintió un miedo más hondo, más visceral, porque si algo le pasaba al bebé, si algo salía mal, si el pequeño se malograba… ¿cómo iba Lucya a soportarlo? ¿Cómo iba a mirarla él a los ojos sabiendo que no había podido protegerlos?
—Todo estará bien, gatita… todo estará bien… —murmuró con voz ronca. — Trata de tranquilizarte… deja que yo me encargue ahora.
No