Vladimir escuchó los gritos de Lucya apenas cruzó el umbral de las ruinas del hotel, no hubo transición entre el silencio cargado de polvo y esos alaridos desesperados; fue como si el eco de su voz le atravesara el pecho de golpe, arrancándole el aire de los pulmones. Durante un segundo, su mente se negó a procesar lo que oía, no podía ser ella, no así, no de esa forma, tan rota, desgarradora.
Pero era su voz, era un, “¡No!”, en labios de la mujer que amaba, convertido en súplica, en pánico, en