Al otro lado de la montaña, Aleksander salió disparado de la cueva, atravesando la estrecha abertura de roca hacia la gélida claridad exterior, el aire le cortó la piel como cuchillas, pero no aminoró el paso, el moreno echó a correr por la pista de aterrizaje, las botas resbalando apenas sobre el hielo viejo que la cubría, cada zancada le recordaba que estaba demasiado lejos de la seguridad de la cueva, demasiado expuesto en la llanura blanca.
El helicóptero, silencioso en ese momento, se alza