La construcción de la nueva ciudad, que Nayra había bautizado en su mente como “Nueva Aztlán”, comenzó en el fértil valle de los vencidos. Era una empresa monumental. Hombres de tres tribus, antiguos enemigos, trabajaban codo con codo, talando árboles y sentando las bases de piedra de lo que sería una fortaleza. Pero el fantasma del hambre era un supervisor cruel que se cernía sobre todos ellos. Las reservas de alimentos eran críticamente bajas.
Nayra sabía que la moral, forjada en la victoria,