El primer amanecer tras el nacimiento de los trillizos tiñó las cumbres de Colmillo de Plata de un tono lavanda pálido, un color que los ancianos del norte llamaban el "respiro del lobo". Las nubes pesadas que habían azotado la fortaleza durante días finalmente se replegaban hacia el océano ártico, dejando tras de sí un silencio sobrecogedor, solo roto por el rugido lejano y rítmico de las cascadas congeladas y el crujir del hielo sobre la piedra rúnica.
En los aposentos imperiales, el fuego de