Mundo ficciónIniciar sesiónUn grupo organizado de terroristas psicológicos planean y realizan ataques contra delincuentes y políticos corruptos con el fin de promover la justicia y educar a los ciudadanos para hacer posible una mejor sociedad. Liderados por Justo Lara, héroe para algunos y villano para otros, usan el miedo como método correctivo para intentar salvar una sociedad abandonada y en decadencia. Justo Lara junto con sus aliados a quien llama "moderadores", que son jóvenes súper inteligentes en áreas determinadas quienes descubrieron su potencial humano gracias a su líder, se comprometen a hacer evolucionar el comportamiento humano, y tratar de construir un mundo inocuo donde las personas no tengan que vivir las desgracias por las que ellos tuvieron que pasar. El miedo, es su herramienta.
Leer másEl bosque de la manada Luna Azul se extendía hasta donde alcanzaba la vista, cubierto por un manto de estrellas que anunciaba la llegada de una noche especial. En la aldea, los preparativos habían comenzado desde temprano: guirnaldas hechas con flores silvestres adornaban las casas de madera, las hogueras estaban listas para encenderse, y los niños corrían de un lado a otro aguardando la fiesta que marcaría el paso a la adultez de Emili, hija del beta.
Ella caminaba entre la multitud con una sonrisa tímida, saludando a los ancianos que la felicitaban y a los pequeños que corrían a abrazarla. Era querida por todos, incluso respetada, aunque la sombra de un temor pesaba sobre sus hombros: su lobo aún no había despertado. Con dieciocho años recién cumplidos, seguía siendo una latente, una excepción peligrosa en un mundo donde la fuerza definía el destino. Bastian, su hermano mayor, se mantenía a su lado, animándola con chistes y empujoncitos cariñosos. Juntos habían crecido con Jackson, el hijo del alfa Magnus, y con Ronan, hijo del gamma Arvid. Los cuatro habían sido inseparables desde cachorros, y aunque las cosas habían cambiado con el paso del tiempo, aún quedaba el eco de aquella unión. Para Emili, Jackson siempre había sido algo más que un amigo. Había en su pecho un cariño que con los años se transformó en un silencioso flechazo. Pero sabía que los sentimientos de él eran distintos: Jackson la miraba con ojos de hermano, protector, firme, como quien vela por alguien frágil. Aun así, esa noche Emili tenía la esperanza secreta de que la Luna, en su sabiduría, le revelara un destino luminoso. Sus padres, Einar y Lidia, eran ejemplo vivo de lo que un verdadero vínculo podía significar, y ella soñaba con un amor semejante. Cuando la luna alcanzó su punto más alto en el cielo, Clariza, la Luna del alfa y madre de Jackson, apareció entre la multitud con un pastel en sus manos. La mujer, a quien Emili quería como a una tía, se acercó con una sonrisa radiante. —Feliz cumpleaños, pequeña —susurró al abrazarla, mientras la joven sentía el calor maternal de su afecto. El corazón de Emili latía con fuerza. Todo estaba preparado para que la celebración comenzara. El alfa Magnus alzó la voz, convocando a los presentes a reunirse alrededor de la plaza central. Bastian, a través del enlace mental, anunció que estaba en camino. —Esperen, ya casi llego… —su voz resonó en la mente de su hermana. —Apresúrate —le respondió Emili con ternura—, te estoy esperando. Pero antes de que Bastian llegara, ocurrió lo inesperado. El aire cambió. Una oleada de aromas invadió los sentidos de Emili. Su olfato se agudizó como nunca antes, y un perfume dulce mezclado con menta y madera penetró en su pecho, envolviéndola por completo. Sus pupilas se dilataron, sus músculos se tensaron. Con la respiración entrecortada, giró la cabeza hacia la dirección de aquel olor. Y lo vio. Jackson, de pie entre la multitud, observándola con el ceño fruncido. La multitud quedó en silencio. Un murmullo recorrió la plaza, y muchos entendieron lo que estaba ocurriendo: el vínculo había sido revelado. Jackson y Emili eran pareja destinada. La joven dio un paso al frente, temblando. —Emm… Jackson… —balbuceó, la emoción desbordándose en sus ojos. Pero en el rostro de él no había alegría, ni sorpresa agradable. Solo tensión, dolor, y algo peor: decepción. El beta Einar lo notó enseguida, y su instinto lo hizo erguirse, dispuesto a proteger a su hija. Pero antes de que pudiera intervenir, Jackson habló con voz firme, aunque sus palabras estaban teñidas de un sufrimiento que intentaba ocultar. —Lo siento, Emili… —dijo, y el silencio se hizo más pesado—. Pero no puedo aceptarte. Un nudo de dolor desgarró el pecho de la joven. Sus ojos se abrieron con incredulidad, mientras su cuerpo temblaba. El rechazo dolía como un hierro candente que atravesaba el alma, un grito que no se escuchaba pero quemaba por dentro. Jackson apretó los puños, cerró los ojos un instante, y continuó. —Como futuro líder de esta manada necesito que mi Luna sea fuerte. Y tú… tú aún no tienes un lobo. Eres una latente. Un gruñido resonó en el aire. Einar, el beta, se adelantó furioso, con los ojos encendidos y los colmillos amenazando con salir. —¡Suficiente! —rugió, su voz cargada de ira—. No es necesario hacer esto aquí. La manada entera observaba con asombro. Jamás habían visto al beta desafiar públicamente a los líderes. El alfa Magnus intervino, levantando una mano para imponer calma. —Es mejor tranquilizarnos. Jackson, este no es el momento ni el lugar. Recuerda el torneo que se aproxima. Si rechazas el vínculo, no podrás participar. El torneo de manadas era más que una competencia: era un evento crucial donde se determinaba la fuerza de cada clan y su posición en la jerarquía. Rechazar a la pareja destinada significaba herir el alma, y esas heridas no sanaban en semanas, sino en meses. Jackson bajó la mirada, luchando contra la presión de su propio padre y la voz de su lobo, que se rebelaba contra sus palabras. Aun así, respondió con frialdad. —Participaré en el torneo, padre. Pero no le daré falsas esperanzas a nadie. Mi rechazo es definitivo. El mundo de Emili se quebró en ese instante. Su cuerpo perdió fuerzas, y de no ser por el abrazo de Lidia habría caído al suelo. Las lágrimas se agolparon en sus ojos mientras, con un hilo de voz, susurraba: —Vamos, madre… ya no quiero estar aquí. Lidia asintió, conteniendo su propio dolor, y tomó a su hija de la mano. Mientras avanzaban hacia la salida, los lobos de la manada hicieron un pasillo. A su paso, las cabezas se inclinaban, las manos se extendían para acariciar su brazo, su cabello, transmitiéndole consuelo. Nadie estaba de acuerdo con la decisión de Jackson, nadie celebraba aquel rechazo. Emili era una de ellos, alguien que había cuidado de los niños, servido en el centro médico, ayudado en cada tarea comunitaria. Ella no era débil a los ojos de la manada. Pero lo era para el futuro alfa. Cuando llegaron a la casa, Emili subió directamente a su habitación. Se dejó caer sobre la cama y rompió en llanto, un llanto desgarrador que sacudía su cuerpo entero. Lidia se sentó a los pies de la cama, acariciando suavemente su pierna, sin decir nada. Porque no había palabras que pudieran aliviar ese dolor. Y mientras la luna Clariza brillaba desde lo alto, testigo de la tragedia, Emili comprendió que esa noche no solo había perdido un sueño, sino que había comenzado una batalla que aún no entendía.Los moderadores de Justo Lara más los quince que se ofrecieron a ayudar en el ejercicio tomaron posiciones de defensa: Siete con rifles de mira telescópica en ventanas y azoteas, y el resto con fusiles de asalto en las entradas. Frank Pierre esta vez fue cuidadoso y apostó sus fuerzas alrededor del hospital para que no tuvieran por donde salir. A la media hora el ambiente estaba exponencialmente tenso a las afueras, el Zombi buscaba un medio de comunicación para iniciar negociaciones «No tienes nada que ofrecerme» Fue lo que le dijo Justo Lara la única vez que le contestó. El camarógrafo enfocó ese momento, pero se concentraba más en ir detrás del Pastor desesperado que caminaba de arriba a abajo mirando a los pacientes que le rogaban que les remediara sus males, a lo que él respondía huyendo, por la pena que sentía al enfrentarse con un escenario real. Juan José le segu&iac
Justo Lara miró a María Victoria y Juan José concentrados en sus reflexiones después de su profunda conversación, y bajó, sereno, a dar indicaciones precisas a sus moderadores.María Victoria lo esperó durante una hora en el balcón, sin poder sacarse esas palabras de la mente.-Dijiste que estarías fuera por una semana.- le recordó la detective a su delincuente cuando se sentó a su lado.-Ese era el tiempo supuesto, pero no calculé la falta que le haría a estos ojos tu sonrisa de niña seria. –Allí se quedaron hablando.Por órdenes de Justo Lara, Juan José había bajado para que Valeria América y Edward Mejía le contaran el nuevo ejercicio a realizar, para que se encargara con William Chacín de llevarlo al Plano de perfección. Perdomo había salido refunfuñando de la casa despu&ea
Justo Lara quiso saber por qué había sentido morir y él le contó que un catorce de Julio, dos años después del asesinato de Verónica Triana, estaba en un parque turístico con su esposa Natalia y su hija Valery de siete años. Relató que hicieron carreras, rodaron por la grama y montaron a caballo. Había poca gente por ser miércoles y estaba empezando a oscurecer:-“Papi, Papi, un conejo Papi es un conejo, allá míralo”. Dijo mi hija. Lo recuerdo perfectamente porque fueron las últimas palabras que escuché de ella.Abiel siguió contando, que la niña corrió colina abajo emocionada sin que ellos pudieran reaccionar rápido porque estaban acostados «Le gritamos al mismo tiempo que no corriera» narraba. Pero cuando su hija llegó a los arbustos, un hombre salió de la maleza, la cargó y corri&oacu
Pasados tres meses y dieciocho días de la muerte de Luna Andreina se mantenía serio, sin decir una palabra, con el plan listo de su venganza para el asesino de su novia, pero con la caja del corazón incómoda y obstinada, sin fuerzas para ejecutarlo. A veces gritaba tan fuerte que las paredes hubieran querido tapar sus oídos, cuando despertaba luego de haber soñado con ella. Encendía la televisión y veía las noticias de asesinatos, guerras, masacres, problemas económicos y políticos que siempre terminaban en muerte, y le agradaba «Humanos de mierda, mientras más mueran mejor» decía, y profesaba el día en que los humanos se matarían unos a otros por placer, ni si quiera como los zombis que según lo hacen para comerse a otros, o como los gladiadores que según lo hacían por deporte. Su vida le repugnaba, por eso a veces hablaba con las paredes, o con





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