480. LA AGONÍA DE GERÓNIMO
Miro a mi Cielo, quien me apunta con su arma y una mirada de odio en sus lindos ojos, y mi corazón duele. No porque ella me apunte, sino por el inmenso dolor que está experimentando. Doy un paso hacia ella, hasta que el cañón de su pistola choca con mi frente, sin dejar de mirarla.
—Dispara, Cielo. Si con ello vas a dejar de sentir ese enorme dolor que sientes ahora por mi culpa, hazlo, vida mía.
—¡¿Agapy, qué haces?! —escucho a mi suegro gritar. Lo veo correr hacia nosotros y quitarle el arma