Estaba abrumada con tanta caja por llevar, por todas las prendas amontonadas sobre la que fue su cama.
―Sabes que yo no te he pedido que te largues ―dijo con desdén Luis, recostado en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados a la altura de los pectorales, tenso, observando a la que, horas atrás, fue su novia.
El dolor la recorrió de pies a cabeza, punzando en sus sienes, haciendo que las venas palpitaran y tuviera que tomar aire para no lanzarse en su contra.
―No, tienes razón, solo que