El claro en el que se habían detenido parecía un remanso de calma en medio de la tormenta, pero todos sabían que era apenas un espejismo. El aire olía a tierra húmeda, a hojas agitadas por el viento, y sin embargo el miedo seguía latente, colgando de sus pechos como una piedra que no les permitía respirar con libertad.
Emma permanecía sentada en el asiento del copiloto, con los dedos entrelazados a los de Alejandro, como si necesitara sentir su piel para recordar que seguía viva. Cada latido de