El viento soplaba con una fuerza inusitada cuando el carruaje improvisado cruzó las colinas, alejándose cada vez más de las torres iluminadas del castillo. Emma, acurrucada contra el pecho de Alejandro, apenas podía distinguir el horizonte a través del velo de lágrimas que aún no había logrado contener. Su corazón palpitaba con violencia, como si cada golpe fuese un recordatorio de lo que habían dejado atrás: la sombra del enemigo, el eco de los gritos, el fantasma de Don Martín acechando todav