El eco de los pasos de Isabela se fue apagando en el pasillo hasta que solo quedó el silencio, interrumpido apenas por el pitido constante de los monitores médicos. Emma seguía allí, encogida en la penumbra, conteniendo la respiración como si de pronto se hubiese convertido en parte del mobiliario del hospital.
Había escuchado demasiado. Las palabras de Isabela y de su hermano aún resonaban en su cabeza como cuchilladas que no dejaban de repetirse:
"No podemos dejar que Alejandro siga escarband