La mañana amaneció más tranquila de lo habitual. La luz del sol se filtraba por las cortinas del comedor, iluminando motas de polvo que flotaban en el aire. Por primera vez en semanas, el refugio no olía a tensión ni a humo de cigarrillos, sino a café recién hecho y pan tostado.
Emma bajó las escaleras con paso suave. Desde la cocina se escuchaban las voces entrecortadas de los niños; Nora reía, y Daniel trataba de mantenerla concentrada frente a una hoja.
—La “A” se hace así, ¿ves? —le decía,