El salón del viejo hotel estaba envuelto en penumbra. La lámpara de araña del techo apenas iluminaba el espacio con una luz cálida que contrastaba con la tensión de los presentes. Afuera, la ciudad rugía con el bullicio habitual, pero ahí dentro parecía que el tiempo se había detenido.
Lucía llevaba las carpetas bajo el brazo, como si fueran un tesoro y un peso a la vez. A cada paso, recordaba que en esos documentos estaban los nombres, las cuentas, los movimientos financieros y las pruebas que