Luego de contemplarla por un largo rato, decidió cerrar los ojos para descansar y estar en perfecto estado para cuando le tocase relevar a Artem.
En algún punto logró conciliar el sueño, pero el movimiento brusco de la camioneta le hizo abrir los ojos.
El reloj del tablero anunciaba las tres de la mañana en punto y volteó a ver al pelirrojo, que lejos de estar cabeceando de sueño, estaba muy alerta, con los puños apretados al volante y la mirada huraña en los tres espejos.
Ya no estaban en la