Me separé de Emily con un nudo en la garganta. Su cuerpo seguía temblando en mis brazos, aferrándose a mí como si pudiera evitar lo inevitable. El sol brillaba intensamente a través de las ventanas del castillo, iluminando su rostro angustiado. Cada respiración que tomaba la sentía como un peso en mi pecho, y, sin embargo, no podía ceder. No podía.
—Escúchame —murmuré, acariciando su cabello con suavidad, sintiendo cómo su piel se erizaba ante mi toque—. No puedo esperar más. Leónidas encontró