La habitación estaba en penumbra y el aire estaba cargado de humedad, con el aroma de la lluvia que caía afuera envolviéndolo todo. Arthur estaba sentado al borde de la cama, con sus ojos fijos en mí mientras yo terminaba de secarme el cabello con una toalla. Su mirada era intensa, como si quisiera devorarme con cada parpadeo, pero también había algo más: esa mezcla de deseo y protección que siempre parecía arder en él.
—Ven aquí —ordenó, con voz ronca, pero con una dulzura contenida.
No era un