La habitación estaba sumida en un silencio extraño. La lluvia afuera había cesado, pero el ambiente seguía cargado de humedad, como si las paredes mismas contuvieran su aliento. Arthur y yo yacíamos uno al lado del otro, con su brazo aún envuelto alrededor de mi cintura. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mi piel, pero algo en su gesto se sentía ausente, como si su mente estuviera en otro lugar.
—¿En qué piensas? —pregunté en un susurro, girándome para mirarlo.
Arthur soltó un leve suspir