La risa de Emily resonó en la cocina, siendo un sonido suave pero contagioso que logró atravesar la tensión del momento. Antes de que pudiera reaccionar, ella me metió una cucharada de nieve en la boca, sus ojos brillaban con picardía mientras yo la observaba, atónito. El frío intenso del helado se mezcló con el calor de sus labios aún latente en mi lengua. Era tan frustrante como cautivador.
—¿De verdad? —murmuré, con la boca llena de nieve, intentando no sonreír.
Emily soltó una carcajada, al