La niebla de la mañana se había disipado a lo largo de nuestro camino a la reserva, pero las sombras aún se aferraban al paisaje, como una extensión de mi poder. Acariciaban cada rincón de este maldito lugar. El aire fresco rozaba el rostro de Emily, haciendo que su cabello pelirrojo se meciera al viento, como si fuese un fuego vivo e indomable. No podía apartar la mirada de ella: su piel clara, salpicada de pecas, parecía resplandecer bajo la luz tenue, y sus ojos verdes irradiaban vida y desa