Neriah
Las pesadas puertas del palacio se cierran tras nosotros con un retumbar sordo. Es como si la noche entera me engullera. El ruido de los cascos, los gritos, los murmullos del pueblo se apaga poco a poco, ahogado por el eco helado de los pasillos.
Kael no afloja su abrazo. Sus dedos me desgarran la piel, su brazo es una jaula de hierro. Me debato, una vez más, pero mis golpes son ridículos ante su fuerza colosal. Avanza, implacable, y yo soy su carga, su presa encadenada.
Raal sigue detrá