Neriah
Están ahí.
Kael, a mi izquierda, herido, jadeando, la camisa rasgada, el torso surcado de sangre, sus ojos llenos de sombra y oro. La respiración corta, animal. Los colmillos aún visibles. La rabia no del todo apagada.
Liam, a mi derecha, sus hombros demasiado anchos para este mundo, sus manos aún cargadas de electricidad, sus venas palpitan bajo la piel, su mirada incandescente, animal, rota. Su pecho se eleva, cada latido como un rugido contenido.
Y yo, en el medio.
No me muevo.
No huyo más.
El motor ronronea suavemente, sin arrancar. Mis dedos están sobre las llaves, pero ya no necesito irme. No aún. No así. No mientras todo se abre bajo mí, en mí.
No dicen nada. El silencio es pesado, saturado, vibrante, como antes de un terremoto. Un entretiempo. Una suspensión.
Y entiendo.
Si me matan ahora, no soy yo a quien quieren alcanzar, no realmente. Es al otro. Es el espejo. Es el enigma. Es el doble. Es lo que ven de sí mismos en los ojos del otro. Y lo que rechazan.
Entonces hab