Neriah
No tengo más fuerzas, ni aliento, solo esta sensación de flotar entre dos latidos del corazón, tendida en el humus húmedo y el polvo de estrellas que se adhiere a mi piel, mis palmas en sangre abiertas como ofrendas mudas, mis piernas desgarradas, mis miembros entumecidos, mi cabello pegado a mi nuca, a mis mejillas, pesado de sudor, de tierra, de miedo, y esta mordida, esta marca en fuego que pulsa en mi nuca, en mi caja torácica, hasta mis huesos, como un segundo corazón más antiguo, más vasto, más verdadero que el mío.
Y Kael está allí, de pie, inflexible, aún, su aliento rasposo, gutural, casi animal, sus ojos hendidos de oro y de noche brillando en la oscuridad como dos destellos de fiebre, sus colmillos asomando, su piel tensa por la rabia, por la promesa de una masacre, por la violencia de un amor bruto, sin palabras, sin salida.
Pero no golpea, no mata, no esta vez.
Me levanta, suavemente, como si estuviera hecha de vidrio y de noche, como una carga preciosa que no quie