Neriah
Los miro.
Sus cuerpos aún tiemblan, atrapados en una inmovilidad más violenta que la lucha, una tensión tan densa que se convierte en materia, aliento, fuego, y en este instante suspendido, ya no respiro, ya no pienso, me disuelvo en este cara a cara demasiado antiguo, demasiado animal, que me supera, sus ojos se devoran, sus músculos tiemblan, la habitación es demasiado pequeña, demasiado llena de lo que no dicen, y yo, yo estoy ahí, entre ellos, contra ellos, y algo en mi vientre comienza a gritar.
Y todo cambia.
Kael se vuelve hacia mí, de golpe, como si recordara que existo, o como si lo recordara demasiado fuerte, sus ojos me atraviesan, negros, ardientes, surcados de oro, y sin que entienda por qué, sin que pueda moverme, sin que tenga tiempo de gritar o pensar o decir no o sí, me agarra.
Sus brazos me envuelven, poderosos, brutales, posesivos, mi cuerpo se aplana contra el suyo, mis piernas golpean el aire, mis manos buscan un apoyo, mis uñas se hunden en su nuca, él est