Luego, se detuvo y se incorporó, observando a su alrededor, hasta que encontró algo que pareció satisfacerlo. Le vio coger varias de sus pañoletas de seda con desconcierto y curiosidad, que luego se tornó en temor cuando él tomó una de sus muñecas con delicadeza y la ató rápido en el respaldo de su cama.
—¿Kaleb?—dijo, con inseguridad.
La atadura no ajustaba, era más la sensación de estar restringida que la sujeción en sí.
—Casie—él se acercó más—. Si me lo permites, te prometo que gozarás.
Por