La explosión en su mano lo alivió, aunque supo sin sombra de duda que esta tensión era mucha como para resistirla por largo tiempo y no se disolvería con un polvo común. Ni siquiera cometió el desvarío de llamar a algunas de las mujeres que tenía en su agenda. Él tenía muy claro qué lo provocaba y conmovía, qué lo hacía vibrar y alentaba su libido. En este momento de su vida era Kelly.
Suspiró y tomó una ducha fría que no le impidió seguir pensando en ella. Era paciente, claro, estratega, pero