La voz de Valentina me hizo darme cuenta de la preocupación que sentia por su madre
—Aquí está —respondió Isabel, con una felicidad que parecía desbordarla por completo—. ¡Valentina, aquí está Valeria!— ajena a cualquier otra cosa, me señaló con una sonrisa llena de lágrimas. Para ella, yo era Valeria, la hija que habia muerto. Para mí, todo se estaba complicando demasiado rápido.
—Mamá… suéltala —pidió Valentina con cuidado.
Pero Isabel no la escuchaba. Sus manos seguían aferradas a mí c