El hogar que no pudieron destruir

Capítulo 5: El hogar que no pudieron destruir

La casa se alzó ante ellos como un sueño sólido, como una afirmación arrogante de que Nerina Vassiliou jamás había sido una mujer derrotada. Blanca, moderna, vasta… abrazada por la calma de las afueras, lejos del ruido venenoso de la ciudad, con muros de cristal que dejaban entrar el sol como una bendición y, al mismo tiempo, como un recordatorio de que ella ya no se escondía de nadie.

El auto se detuvo frente al portón automático y en cuanto se abrió, los niños se pegaron a las ventanas con asombro en los ojos. Calíope fue la primera en reaccionar ante la belleza del lugar, ya que tenía esa chispa que ardía más fuerte que el mundo.

— ¡Mamáaaa! ¡Es una casa enorme! — gritó, sin esperar siquiera que la puerta terminara de abrir.

Evdokía soltó una risa emocionada al escuchar a su hermana, más tranquila, más delicada, pero igual de fascinada.

— Parece de película…

Dimitrios por otra parte, se quedó mirando todo con la boca abierta, sujetando su juguete favorito entre los deditos.

— ¿Aquí vamos a vivir… siempre? — preguntó, con esa inocencia capaz de romper cualquier defensa y Nerina sonrió.

— Sí, mi amor. Esta es nuestra nueva casa. Esta es… nuestra nueva vida y verán que aquí seremos muy felices.

Cuando todos bajaron del coche fue imposible detenerlos. Calíope salió disparada hacia la entrada, Evdokía la siguió entre risas, y Dimitrios corrió detrás de ambas como siempre lo hacía. Ellos entraron al interior de la casa y de inmediato el eco de sus pasos, sus risas y sus voces llenaron el espacio como si lo hubieran reclamado desde siempre.

La sala era amplia, decorada en tonos claros, elegante sin pretensiones, fuerte sin pedir permiso. A un costado, la cocina moderna esperaba como territorio suyo; más allá, el jardín se desplegaba inmenso, con la piscina brillando bajo el sol. El aire olía a nuevo, a comienzos, a renacimiento.

Kiara cerró la puerta tras ellas y se volvió hacia Nerina. Llevaba rato observándola desde el auto. Sabía leerla y sabía cuando algo ardía dentro de ella.

— ¿Estás bien? — preguntó finalmente, caminando hasta quedar frente a ella.

Nerina tardó un segundo en responder a esa pregunta. Ella miró la casa, miró el jardín, miró las pequeñas huellas de sus hijos en el suelo y entonces, inevitablemente, el recuerdo del aeropuerto volvió.

Volvió la voz que nunca creyó escuchar tan pronto: Artemis. Había sido como una puñalada del pasado clavado si anestesia. Ella no esperaba verlo, no esperaba tenerlo tan cerca y no esperaba sentir esa mezcla devastadora de odio, dolor, orgullo… y esa maldita chispa que su corazón, traicionero aún recordaba.

— No pensé que lo volvería a ver tan pronto, Kiara — dijo al fin, con la voz firme — Sin embargo, creo que fue necesario. Supongo que era el golpe que necesitaba recibir de frente para recordarme que no soy la mujer que él destruyó.

Kiara la observó con esos ojos protectores que siempre tenía para ella y ese gesto sarcástico de quien sabe que detrás de esa mirada hay algo más.

— Lo miraste como si nunca hubiera sido nada tuyo, Nerina. Fue una m****a de esas que a nadie le gusta recibir.

— Lo sé, pero soy consiente de que él ya no es nada mío. Hace mucho dejo de serlo y no pienso comportarme de otra manera.

— Pues supongo que debe ser muy duro para ti toda esta situación. Te temblaban las manos y hasta un golpe alcanzaste a darle.

— No soy de piedra, Kiara. Claro que me afecta toda esta situación. Ese hombre fue… mucho en mi vida. Fue amor, fue hogar, fue futuro… y fue la traición más cruel que alguien pudo darme. Es normal que algo dentro de mí tiemble así sea de rabia, pero ya no tiemblo de miedo. La rabia bien dirigida se llama justicia y eso es lo que he venido a buscar.

Kiara asintió ante sus palabras sabiendo que esa era la nueva Nerina: un huracán educado y un incendio que sabía caminar sin perder la elegancia.

— Muy bien, dejemos lo ocurrido en el aeropuerto atrás. Mejor hablemos de lo que realmente me interesa en este momento — continuó Nerina, volviendo a enfocar su mente en lo que realmente importaba — ¿Lo tenemos todo listo?

Kiara sonrió como quien acaba de afilar un arma.

— Está todo listo. El abogado más implacable de Grecia está de tu lado y tiene antecedentes, documentos, acceso a archivos, contactos… todo lo que necesitamos para destrozar la mentira que construyeron contra ti.

Nerina sintió algo caliente arder bajo su pecho. No era rencor pueril, sino su dignidad queriendo ser recuperada.

— Me alegro escuchar eso, porque ya es hora de que mi nombre vuelva a significar respeto. Es hora de que se repare lo que hicieron conmigo para que más de uno se arrepienta.

En ese momento la mente de Nerina viajó inevitablemente a los tres rostros que alguna vez habían sido su familia O al menos fingían serlo. Su padre, el hombre que la miró como si ya no fuera su hija. El hombre que permitió que el veneno de su actual esposa y su querida hija contaminara todo juicio. El mismo hombre que jamás le dio el beneficio de la duda, que prefirió salvar su reputación antes que proteger a su sangre. Sin duda su madrastra era astuta, fría y ambiciosa. Siempre disfrazada bajo sonrisas amables que la hicieron creer que era una buena persona, pero con el veneno listo bajo la lengua después demostró lo contrario. Esa mujer fue una de las primeras en señalarla, en acusarla, en convencer a todos de que Nerina había robado dinero de la empresa familiar. El golpe más bajo había sido… disfrutarlo y su hermana. Su “querida” hermana o media hermana a la que siempre trato de cuidar. Si alguien había clavado el cuchillo con fuerza, había sido ella. La primera en humillarla, en disfrutar verla caer, en empujar las acusaciones, en llamarla ladrona, traidora y deshonra.

Todas esas voces resonaron otra vez en su mente. Ladrona, infiel, descarada.

Cinco años atrás la enterraron viva sin permitirle defenderse, cinco años atrás la obligaron a marcharse con el alma rota y el corazón desangrado. Cinco años atrás perdió su casa, su nombre, dignidad… y el hombre al que amaba.

Lo único que ella no perdió fue su fuerza porque fue esa misma fuerza la que la hizo levantarse en Londres. Crear un nombre, crear prestigio y convertirse en una arquitecta que ya nadie podía minimizar. Se convirtió en la mujer poderosa que debía haber sido siempre y, sobre todo… se convirtió en madre.

Con una sonrisa diferente, Nerina miró hacia las escaleras, escuchó las risas arriba en la segunda planta. Calíope probablemente corría de habitación en habitación reclamando territorios. Evdokía seguro estaba maravillada mirando por los ventanales, imaginando historias y Dimitrios seguramente ya se había adueñado de un rincón para leer.

Sus hijos, su mayor triunfo. Su bendición y su arma más peligrosa.

— Antes de ajustar cuentas con Artemis y descubrir porque le hicieron creer que era la amante de su primo —dijo ella suavemente, pero con tono letal — Tengo que cerrar cuentas con quienes me destrozaron la vida primero. Necesito entender todo, necesito mirar esos documentos que el abogado consiguió y necesito ver cómo fue que lograron acusarme de algo que jamás cometí. Necesito saber quién movió qué… y cuándo lo hicieron.

Kiara asentía.

— Y vamos a hacerlo, descubriremos la verdad, pero sin prisa. Sin torpeza, sin fallos. Esta vez nadie te va a aplastar porque haremos todo lo posible por no dar un paso en falso.

Nerina miró a su alrededor otra vez. La casa respiraba vida y no era solo cemento, vidrio y diseño. Era su refugio. Su fortaleza. El hogar que ella misma diseñó para asegurarse de que, pasara lo que pasara, sus hijos tuvieran un lugar en el mundo donde nada pudiera tocarlos.

— Aquí empezamos y aquí renacemos —murmuró y Kiara sonrió.

— Aquí arde el principio de la guerra y yo estoy contigo en ella.

Unas risas bajaron de la planta superior interrumpiéndoles. Calíope apareció corriendo por las escaleras y traía consigo una muñeca que seguro había encontrado en la habitación para ellos.

— ¡Mamá! Nuestra habitación es gigante, es mucho más grande que la de Londres —gritó con emoción.

— Es cierto, mami y Dimitrios dice que él ya no va a dormir con nosotras porque es un niño grande — dijo Evdokía haciendo un puchero y yo solo veo como Dimitrios baja las escaleras tambaleándose tras ellas, con sus ojos brillando.

— Mami… me gusta esta casa, pero mis hermanas no me dejan leer con tanto ruido.

Nerina los miró a los tres con una sonrisa y luego se acercó. En un momento se arrodilló frente a ellos y los abrazó con mucha fuerza. No hubo discurso épico o regaños prolongados, solo ese gesto de que todo estaba bien y nada los pondría en peligro.

— Esta es nuestra casa ahora y debemos aprender a compartir el espacio. Ustedes tres se tienen el uno al otro y siempre deben quererse mucho.

Los tres se apretaron contra ella asintiendo con la cabeza y mientras los tenía entre sus brazos, Nerina entendió algo con brutal claridad.

Ya no luchaba sola, no luchaba solo por orgullo y no luchaba solo por dignidad. Luchaba por el futuro de esos tres pequeños para que jamás los hicieran pasar por lo mismo. Luchaba para que nadie, jamás, se atreviera a llamarlos error, vergüenza o pecado.

Luchaba para que supieran de qué estaba hecha su madre y si Artemis Stavros, su padre, su madrastra, su hermana o cualquier ser vivo pretendía interponerse entre ellos… aprenderían lo que significa enfrentarse a una mujer que sobrevivió al infierno y volvió como el fuego propio.

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