La noche se instaló en el rancho con una pesadez sofocante. El viento arrastraba el crujido de las ramas y un calor latente que se filtraba por las rendijas de la gran casa. Me encontraba en la biblioteca. En el centro de esta había un gran escritorio y dos sillones de terciopelo verde que completaban la estancia, débilmente iluminada por un par de lámparas de mesa que proyectaban sombras alargadas en las paredes.
Me había quitado la ropa de trabajo. Ahora llevaba un vestido. Llevaba el cabello