El sol de la mañana siguiente caía pesadamente sobre los corrales del rancho, calentando la madera de las cercas y levantando un olor a tierra húmeda, cuero y forraje. Yo caminaba por el callejón central de las caballerizas exteriores, todavía abrumado por el recuerdo de la noche anterior, por el temblor del cuerpo de Sienna contra el mío en la oscuridad de mi habitación y por la forma en que nos habíamos atacado con palabras para no confesar el deseo que nos consumía.
De pronto, un tumulto al