Me quedé allí, de rodillas sobre la alfombra, a escasos centímetros de ella. Mis manos permanecían apoyadas sobre mis propios muslos, obligándome a no acortar la distancia, aunque cada fibra de mi cuerpo me exigía estrecharla contra mi pecho. El aire del despacho se volvió denso, impregnado con el aroma de su perfume de jazmín y el olor a papel antiguo que se desprendía de las cartas de su padre y los libros dispuestos en la biblioteca. Podía ver cómo las lágrimas brillaban en sus pestañas ante