El silencio en el despacho de mi padre se volvió ensordecedor, una barrera invisible que Killian se negaba a cruzar con sus manos, pero que destrozaba con la intensidad de su mirada. Permanecía arrodillado frente a mí, estático, con la respiración pesada chocando directamente contra mis labios. El dolor por las cartas descubiertas, la angustia de mi orfandad y el peso del abandono paterno se mezclaron de golpe con la furia del deseo que este hombre despertaba en mis entrañas. Yo ya no era la mu