La tarde estaba tranquila, el viento acariciaba la piel, pero yo no podía dejar de sentir que algo se estaba gestando. No era algo tan obvio como la tormenta en el horizonte. No era el cielo, que se oscurecía de manera amenazante. No. Era ella. Sienna. Su presencia, su energía, la forma en que se movía, la forma en que su voz había retumbado en el aire cuando dijo esas palabras.
Si ya esa maldita mujer me llevaba en tensión. Con sus arranques de último momento me cargaba.
Habíamos apostado. No