Orión
Desperté sintiendo el reconfortante calor de un fuego cercano, un cambio bienvenido a la fría y oscura celda de la que había logrado escapar. Por un momento, en ese estado entre el sueño y la vigilia, casi creí que despertaría una vez más colgando de las cadenas en esa mazmorra sin esperanza.
—Alfa, —dijo Robert, acercándose a mí con un cuenco humeante en la mano. —Aquí tiene algo caliente.
—Gracias, —murmuré, aceptando el cuenco. El aroma del caldo caliente y sabroso me envolvió, y tomé